Hay momentos de la crianza en los que unos pocos segundos pueden parecer eternos.
Tu peque se enfada, se lleva un susto o se hace daño. Empieza a llorar y, de repente, deja de hacerlo. Parece que no respira, cambia de color, puede ponerse rígido e incluso perder el conocimiento durante unos instantes.
Y tú, probablemente asustada, piensas: ¿qué acaba de pasar?
Los espasmos del sollozo son episodios que pueden ocurrir en algunos niños pequeños, entre los 6 meses y los 5 años, y que, aunque impresionan muchísimo cuando los presencias por primera vez, son habitualmente benignos.
Conocerlos no hará que dejen de asustar, pero puede ayudarnos a entender qué estamos viendo y, sobre todo, a saber cómo acompañar a nuestro peque en ese momento.
Cuando el llanto se corta de repente
Los espasmos del sollozo son episodios involuntarios en loa que el niño deja de respirar durante unos instantes después de una emoción intensa, un susto, un enfado o, en algunos casos, un golpe o una experiencia dolorosa.
No lo hace a propósito ni está intentando llamar nuestra atención. Es una respuesta involuntaria que aparece en algunos niños. Aunque pueden aparecer en diferentes edades, son más habituales durante los primeros años de vida.
Hay dos formas principales de espasmos del sollozo: el cianótico y el pálido.
El más frecuente es el espasmo de sollozo cianótico. Suele aparecer después de un enfado, frustración, miedo, dolor o una situación que provoca un llanto intenso. El peque llora y, de repente, deja de inspirar. Entonces puede empezar a ponerse azulado o morado, especialmente alrededor de los labios, y puede quedarse rígido. Si el episodio continúa, puede llegar a perder brevemente el conocimiento para después volver en sí un poco desubicado.
En el espasmo de sollozo pálido, en cambio, el desencadenante suele ser un susto repentino, un sobresalto o un golpe. En lugar de ponerse morado, el peque se queda muy pálido y puede perder el tono corporal, quedándose “blandito”. También puede perder brevemente el conocimiento.
La pérdida de conocimiento es como un sistema de defensa del propio cuerpo, que ante la falta de respiración del peque, decide “desconectarlo” para que vuelva a respirar. Y después de todo esto, llega una de las partes más difíciles para quien lo está viendo: esperar.
Porque normalmente el episodio termina solo y el peque vuelve a respirar, recupera su color y vuelve a estar como antes. Todo puede haber durado apenas unos segundos, aunque para quien lo ha presenciado haya parecido muchísimo más tiempo.
¿Qué podemos hacer mientras ocurren los espasmos del sollozo?
La primera vez, mantener la calma puede parecer casi imposible. Pero precisamente porque los espasmos del sollozo pueden resultar tan impresionantes, conocer de antemano qué podemos hacer puede ayudarnos a no actuar impulsivamente.
Lo más importante es mantener al peque en un lugar seguro, especialmente si ha perdido el conocimiento, y acompañarlo mientras el episodio termina.
No hace falta gritarle, zarandearlo ni intentar despertarlo bruscamente. Tampoco es necesario introducir nada en su boca ni realizar maniobras de reanimación cuando estamos ante un espasmo del sollozo típico y el niño se recupera por sí mismo. Estas actuaciones no hacen que el episodio termine antes y, al contrario de lo que quisieramos, podría hacerle daño.
Puede resultar muy difícil quedarse quietos cuando vemos que nuestro hijo cambia de color o parece que no respira. Nuestro instinto nos pide hacer algo, lo que sea, para que vuelva a estar bien. Idealmente deberíamos cogerlo con suavidad, sobretodo para evitar que, en caso de perder el conocimiento, se pueda golpear y hacer daño. En estos espasmos del sollozo, muchas veces lo que más necesita el peque es que nosotros podamos estar ahí, mantenerlo seguro y esperar a que pase.
Y cuando termina, es posible que esté asustado, enfadado o necesite nuestros brazos. Podemos acompañarlo como hacemos en cualquier otro momento en el que ha vivido algo intenso.
¿Cuándo deberíamos consultar?
Si nunca hemos visto un episodio así, es completamente razonable que nos genere dudas. De hecho, cuando ocurre por primera vez y no tenemos claro que se trate de un espasmo del sollozo, es recomendable comentarlo con su pediatra.
También podemos consultar si los episodios se repiten mucho, si son diferentes de los anteriores o si algo de lo ocurrido no encaja con lo que conocemos de nuestro peque.
Lo importante es recordar que no todo episodio en el que un niño cambia de color, deja de respirar o pierde el conocimiento es necesariamente un espasmo del sollozo. Por eso, ante un episodio que no sigue el patrón habitual, una recuperación que no es la esperada o cualquier situación que nos preocupe especialmente, hay que buscar valoración sanitaria.
Los espasmos del sollozo pueden ser uno de esos momentos de la crianza que nos ponen el corazón en un puño. Unos segundos en los que parece que todo se detiene: el llanto, la respiración, incluso nuestro propio pensamiento.
Pero conocer que existen, saber que son involuntarios y entender cómo suelen desarrollarse puede ayudarnos a vivirlos de otra manera.
No significa que la próxima vez no nos vayamos a asustar. Probablemente sí. Significa simplemente que, en lugar de preguntarnos únicamente “¿qué le está pasando?”, podremos pensar también: “Sé qué puede estar ocurriendo. Estoy aquí. Va a pasar.”
Y a veces, en la crianza, tener un poco más de información es precisamente lo que nos permite encontrar un poco más de calma.



Leave a comment