Como madres y padres, pocas cosas nos remueven tanto como ver a nuestro peque llorar desesperado por la noche, gritar, incorporarse en la cama con los ojos abiertos… y, aun así, sentir que no está realmente “ahí”. Que no conecta. Que no responde a nuestra voz, ni a nuestras caricias, ni a nuestro abrazo. Ante esa escena —que suele parecer sacada de una película de terror— es normal sentir miedo, preocupación o incluso culpa: “¿Qué está pasando? ¿Qué puedo hacer? ¿Le estará doliendo algo?”. Y aquí es donde aparece un concepto que quizá ya has escuchado y del que hablaremos en este artículo: los terrores nocturnos.
Qué son los terrores nocturnos
Los terrores nocturnos forman parte de las llamadas parasomnias infantiles, igual que las pesadillas o el sonambulismo. Pero aunque muchas veces se confunden con las pesadillas, no son lo mismo. Los terrores nocturnos, a diferencia de las pesadillas, se dan en la fase NO REM del sueño (la fase más profunda, en la que el cuerpo se regenera y el cerebro está más relajado). Por eso suceden generalmente durante la primera mitad de la noche, y no en la segunda, como las pesadillas (si quieres saber más, puedes ir a nuestro artículo del blog sobre las pesadillas).
El episodio suele empezar de forma brusca:
- Nuestro peque puede incorporarse de repente en la cama.
- Grita o llora desconsoladamente.
- Tiene los ojos abiertos, pero no mira nada en concreto.
- Parece “despierto” pero no está consciente.
A veces, incluso nos apartan con movimientos bruscos cuando intentamos acercarnos, cogerles o acariciarles. Si lo has vivido, sabrás que es una sensación muy dura: quieres calmarle, pero parece que todo lo que haces empeora la situación. ¿La imagen típica de una escena de “posesión” en una película? Pues sí… más o menos. Puede durar hasta 10-15 minutos y luego… simplemente, se vuelven a dormir. Como si nada hubiera pasado. Y lo más desconcertante: al día siguiente no recuerdan nada.
¿Por qué ocurren los terrores nocturnos?
Los terrores nocturnos están relacionados con una transición abrupta entre fases del sueño: de una fase de sueño muy profundo a una más ligera. Cuando esa transición es demasiado brusca, la parte del cuerpo que controla el movimiento “despierta”, pero la parte consciente del cerebro aún sigue dormida. Por eso el niño puede moverse, llorar o gritar, pero no es capaz de procesar lo que ocurre ni responder a estímulos externos (como tu voz o tu contacto). Y, ¿qué hace que esa transición sea tan brusca? Algunas causas habituales son:
- Exceso de cansancio acumulado. Peques que llegan rendidos a la hora de dormir (acostarse demasiado tarde, demasiada actividad previa…).
- Cambios en las siestas o en la rutina. Por ejemplo, eliminar una siesta antes de tiempo o días con demasiada variabilidad de horarios.
- Estrés emocional o cambios vitales. Mudanzas, nacimiento de un hermanito, inicio de la escuela infantil…
- Crecimientos y desarrollos neurológicos. Tal y como vimos en este artículo sobre las crisis infantiles, el sueño también se ve afectado.
Es decir: no están relacionados con miedos, traumas ni problemas emocionales profundos. Son simplemente fruto de la inmadurez del sistema nervioso central.
Qué hacer (y qué NO hacer) durante un terror nocturno
Cuando vemos a nuestro peque pasarlo tan mal, nuestra primera reacción suele ser cogerle en brazos, hablarle para calmarle, intentar despertarle, … Pero con los terrores nocturnos, esto no ayuda.
Durante el episodio:
✅ Estate cerca. Tu presencia es importante aunque parezca que no te sienta.
✅ Asegura su entorno. Que no haya objetos peligrosos o posibilidad de caídas.
✅ Acompaña desde la calma. Respira, siéntate cerca, recuerda que pasará.
Y lo más difícil:
🚫 No le toques si te rechaza.
🚫 No intentes despertarle.
🚫 No insistas en hablarle.
Despertarle puede aumentar la desorientación y el miedo, porque en realidad no sabe qué está pasando. La forma más respetuosa de acompañar es proteger sin intervenir. Lo que necesitan es poder completar la transición de fase… sin interrupciones. Sí: cuesta mucho emocionalmente. Te va a remover. Pero pasará. No es necesario —ni recomendable— hablar del episodio al día siguiente. ¿Por qué? Porque no lo recuerdan. Si lo hablamos, existe la posibilidad de que interpreten que “hay algo malo” en lo que les ha pasado, y eso sí puede generar miedo real. Déjalo pasar con naturalidad.
Cómo prevenir los terrores nocturnos (cuando es posible)
No podemos evitar todos los episodios, pero sí intentar reducir su frecuencia. Las claves principales:
1. Respetar sus tiempos de sueño
Evitar que lleguen demasiado cansados a la noche. Menos cansancio acumulado = menos necesidad de sueño excesivamente profundo.
2. Rutinas predecibles
Los rituales antes de dormir ayudan a que la transición al sueño sea gradual, por ejemplo: baño → pijama → cuento → dormir.
3. Siestas adecuadas para su edad
A veces eliminamos una siesta demasiado pronto porque “parece que ya no la necesita”. Pero el cerebro sí la necesita.
4. Cenar ligero y con tiempo suficiente antes de ir a la cama
El sistema digestivo también influye.
5. Evitar pantallas al menos 2 horas antes de dormir
La luz azul altera la melatonina y puede hacer más difícil una transición suave.
Cuándo consultar con un profesional
Los terrores nocturnos pueden ser frecuentes y normales entre los 2 y los 6 años. Pero es buena idea consultar si:
- Se repiten muchas veces por semana durante un largo periodo.
- Hay riesgo de lesiones (golpes, caídas).
- El sueño de la familia se ve muy afectado.
- Tienes dudas o gran preocupación.
Acompañar también es pedir ayuda cuando lo necesitamos.
Los terrores nocturnos no son un problema del niño. No son una señal de miedo, trauma o mala gestión emocional. Son una expresión más de la inmadurez del sueño infantil. Tu papel no es controlar el episodio. Tu papel es ser refugio. Aunque no te pueda ver. Aunque no pueda responderte. Aunque sientas que estás “sin hacer nada”, estás haciendo lo más importante: estar. Y eso sí lo siente. Siempre.

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