Si eres madre o padre, seguramente ya lo has vivido: esa etapa en la que tu bebé, que parecía estar tranquilo y previsible, de repente cambia. Llora más, necesita más brazos, se despierta por la noche cuando llevaba días durmiendo relativamente bien, se enfada más… Y tú piensas: “¿Qué está pasando ahora?” A estos momentos tan intensos se les suele llamar crisis infantiles. A veces también se conocen como brotes de crecimiento, regresiones o picos de desarrollo. La palabra crisis puede sonar alarmante, pero lejos de ser algo negativo, estas etapas son una muestra de que tu peque está evolucionando y adquiriendo nuevas capacidades. Y de eso hablaremos en este artículo, de esa revolución interna que se expresa hacia afuera a través del comportamiento.
¿Qué son las crisis infantiles?
Las crisis infantiles son periodos de transición en el desarrollo del bebé o niño en los que aparecen nuevas necesidades o habilidades. Dicho de otra forma, son momentos en los que tu hijo cambia su forma de estar en el mundo. Durante estas fases:
- Su comportamiento puede volverse más demandante.
- Parece estar más irritable o frustrado.
- Requiere más contacto, más contención y más presencia (ya vimos en el artículo sobre el porteo que el contacto es una necesidad).
- A veces come diferente (más, menos, de manera selectiva).
- El sueño se altera: despertares, siestas más cortas o más largas (puedes conocer más en nuestro artículo sobre el sueño infantil).
Y aquí es cuando nosotras solemos sentirnos desbordadas, confundidas o culpables. Nos preguntamos si estamos haciendo algo mal, si deberíamos cambiar rutinas o si es que no estamos “sabiendo educar”. La falta de información hace que interpretemos estos cambios como problemas, cuando en realidad son señales de desarrollo. Nos gustaría que crecer fuera algo progresivo, fluido y predecible. Pero la realidad es muy distinta. El desarrollo infantil no avanza como una línea recta, sino más bien como una escalera: hay periodos de estabilidad y otros de salto brusco. En estas etapas de salto es cuando ocurren las “crisis infantiles”. Estar informada no va a evitarlas, pero te devuelve la calma.
Algunas de estas etapas son:
- Cambios en las necesidades nutricionales durante la lactancia (como vimos en el artículo de las crisis de lactancia).
- El inicio de la alimentación complementaria (como vimos en el artículo sobre la AC).
- Aprender a rodar, gatear, sentarse o caminar.
- Descubre que es un ser independiente y empieza a decir “NO”.
- Comprende que puede alejarse de ti… y también que puedes desaparecer (como vimos en el artículo de la ansiedad por separación).
- Explora su autonomía (“yo solito”) y se frustra cuando algo no sale.
Estos avances, “sencillos” vistos desde fuera, pueden ser abrumadores desde dentro. Su cerebro está madurando, creando nuevas conexiones neuronales, reorganizando información. Y esa revolución se traduce en conducta, porque la conducta es su forma de expresarse. Aunque la mayoría de estas etapas son comunes, no todos los niños viven estas crisis infantiles en el mismo momento, con la misma intensidad ni de la misma forma. Cada peque tiene su propio ritmo. Cada familia, su propia historia. Cada maternidad, su propio recorrido. Comparar solo genera frustración.
¿Cómo acompañar estas crisis infantiles desde la calma?
Durante las crisis infantiles tu hijo no necesita soluciones, correcciones ni distracciones. Necesita presencia. Así que aquí tienes algunas ideas prácticas y amorosas para acompañarle en el proceso:
1. Valida sus emociones
Cuando está irritado, no te está “retando”. Está pidiendo ayuda. En vez de “no pasa nada”, prueba de entender qué emoción está sintiendo y ofrécele tu apoyo. Por ejemplo: “Veo que esto te está frustrando. Estoy aquí.”
2. Ofrece más contacto físico
El contacto regula el sistema nervioso. Abrazos, porteo, piel con piel… son medicina para ambos. Cuando quiere brazos constantemente, no es porque “lo malacostumbraste”. Es porque el cuerpo es su hogar.
3. Nombra lo que ocurre
Cuando llora porque no puede hacer algo, no busca “manipularte”. Está aprendiendo sus límites. Pon palabras a su experiencia: “Estás aprendiendo algo nuevo y te está costando.”
4. Reduce estímulos
En estas etapas todo es intenso. Así que menos planes, menos ruido, menos prisas, os ayudará.
5. Sosténte tú para poder sostener
Si necesitas pedir ayuda, descansa. No puedes llenar una jarra desde el vacío.
6. Acepta los cambios
Porque además de acompañar su cambio, lidiamos con nuestras expectativas. Nosotras también estamos creciendo en la maternidad. Y cuando nuestro bebé cambia, nosotras también tenemos que adaptarnos. La sociedad nos ha hecho creer que un bebé “bueno” es un bebé previsible, tranquilo, que duerme del tirón y no necesita demasiado. Pero un bebé real necesita mucho: brazos, contacto, mirada, sostén emocional.
A veces, en medio del cansancio, parece personal. Pero no lo es. Tu peque no tiene la intención de dificultarte la vida. Está aprendiendo a vivir. Y aunque estas fases son exigentes, también traen algo precioso: conexión. Porque cuando lo acompañas en su emoción, en su frustración, en su caos… se graba en su memoria algo fundamental: “Cuando lo necesité, estabas ahí.”
Las crisis infantiles son positivas. Puede sonar extraño, pero sí: son una buena señal. Indican que el cerebro está madurando, está formando nuevas conexiones neuronales y está avanzando en su desarrollo. Son como la tormenta que anuncia que el paisaje está a punto de cambiar. Y aunque duelan, aunque cansen, aunque nos revuelvan… También nos regalan un recordatorio: tu hijo crece. Demasiado rápido, a veces. Demasiado intenso, siempre. Pero crece. Y tú estás ahí, aprendiendo junto a él.


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