
La crianza consciente es un enfoque distinto a como se ha conocido mayoritariamente la crianza hasta ahora, ni mejor ni peor, simplemente una alternativa más. En lugar de seguir métodos tradicionales basados en la autoridad y el control, busca fomentar el desarrollo integral de los niños a través de la conexión emocional, el respeto mutuo y la atención plena. Se trata de ver a nuestros hijos e hijas en su totalidad, y confiar en nosotros mismos para tomar decisiones según lo que extraigamos de ello. Y eso hace que la crianza consciente sea también un gran proceso de autodescubrimiento. En este artículo, exploraremos en qué se basa y cómo puede aplicarse en nuestro día a día.
De dónde partimos respecto a la crianza
En general, venimos de generaciones basadas en un tipo de crianza que solía ser jerárquica y autoritaria, en la que se tenía que obedecer simplemente “porque lo digo yo”, muchas veces a través de chantajes, amenazas o castigos. Por tanto, lo más normal es que repitamos los mismos patrones con nuestras hijas e hijos, ya que nos aparecen esas conductas de forma natural, sin pensar. Pero reflexionar sobre su impacto puede ayudarnos a romper ese ciclo y adoptar otros enfoques.
Si tenemos en cuenta que esas personitas a las que queremos son mucho más vulnerables que nosotros, han llegado a este mundo hace menos tiempo y están en un continuo proceso de aprendizaje, puede que esta crianza “tradicional” nos chirríe y pensemos que tiene que haber otra forma de hacer las cosas, con paciencia, respeto y comprensión. Y aquí es donde entra la crianza consciente, que tal y como su nombre indica, nos hace más conscientes de las necesidades de nuestros peques y de las nuestras propias, y qué hacer para cubrirlas.
Esto no significa que no haya que poner límites claros, como hemos dicho están en un continuo desarrollo y necesitan de esos límites para aprender y por su seguridad. Sin embargo, en lugar de recurrir a castigos severos, podemos recurrir a estrategias que les brinden consecuencias naturales a sus acciones. Esto les permite aprender de manera significativa y desarrollar habilidades para resolver conflictos, en lugar de simplemente instigar al miedo por los castigos.
Tampoco significa que ya no se nos permita perder los estribos, enfadarnos y gritar en ocasiones, somos personas humanas y por tanto tenemos emociones que también debemos dejar ir y validar. Solo que de nuevo se trata de ser consciente de nuestras reacciones, comprender nuestras necesidades y buscar maneras de aprender y mejorar en lugar de simplemente justificar nuestras explosiones emocionales. Trabajar en gestionarlas nos permite ser modelos para nuestros hijos e hijas, enseñándoles a manejar sus propias emociones.
Conexión emocional y atención plena
La conexión emocional es la piedra angular de la crianza consciente. Implica estar presente de manera plena y receptiva con nuestros hijos e hijas, comprendiendo y validando sus emociones. Esta conexión se nutre mediante la escucha activa, el contacto visual y el afecto físico. Cuando padres y madres se conectan emocionalmente con sus peques, se fortalece un vínculo seguro que favorece un desarrollo emocional equilibrado y saludable, proporcionándoles el apoyo emocional necesario.
Esto no significa que dejemos de hacer nuestras cosas para estar constantemente a su lado, es más, si estamos físicamente con ellos pero mirando el móvil, no estamos para nada presentes. Pero sí significa dedicar un ratito cada día a estar con ellos de verdad, responder a sus preguntas con interés, mostrar atención si nos enseñan un dibujo que han hecho o algo que han encontrado en la arena, conocerles, entenderles, ver sus gestos y lo que nos transmiten, por nuestra propia elección de disfrutar con ellos y ellas, no por obligación. Y lo notan, saben que son importantes para nosotros, y se crea esa conexión.
Empatía y respeto
Este tipo de crianza se desarrolla desde el respeto y el amor, haciendo un gran trabajo de empatía y acompañamiento. Es importante comprender las experiencias y perspectivas únicas de nuestros hijos e hijas, reconociendo que sus emociones y necesidades pueden diferir de las nuestras. Aceptando su individualidad, les brindamos espacio para tomar decisiones y resolver problemas por sí mismos, fomentando así su autonomía y confianza en sí mismos.
Si queremos que nuestras hijas e hijos nos cuenten cómo se sienten, qué les atormenta o qué les gusta, primero deberemos comunicarnos nosotros, hablarles de nuestras emociones, de nuestro día, cómo nos sentimos, y veremos que nos estarán escuchando sin juicio ni crítica. Y como aprenden a través de nosotros, más de lo que hacemos que de lo que les decimos, sentirán que somos un espacio seguro para explicarnos lo que les suceda, esperando también por nuestra parte ese no juzgar ni criticar. Esto no significa que nos parezca bien todo lo que hagan, pero sí que empatizemos con lo que les está pasando, les acompañemos en el proceso y por supuesto estemos allí en sus errores.
Pero también con firmeza y estableciendo unos límites claros que le ayuden a desarrollarse. Por ejemplo, si tenemos un peque de 1 año que quiere coger los cuchillos que hay encima de la mesa, por supuesto hay que ponerle el límite de que eso no es un juguete. Pero no se trata de regañarle porque eso “no se hace”. Es más sencillo guardar esos cuchillos fuera de su alcance y, a medida que vaya creciendo, se le va explicando qué sucede si coge esos cuchillos simplemente dejando que nos observe mientras cortamos los alimentos para preparar la comida, e irán estando preparados para usar cuchillos, adaptándonos a su edad.
Nuestro propio auto-cuidado
La crianza consciente supone una gran implicación por parte de padres y madres con un gran desgaste físico y emocional. No solamente somos conscientes de lo que ocurre con nuestros hijos e hijas, sino también con lo que ocurre con nosotros mismos mientras criamos: qué heridas se abren, qué impulso nos aparece, dónde nos colocan algunas situaciones,… Y eso se une con otras cosas que atender en nuestro día a día ya sea el trabajo, la pareja, las amistades o la casa. Y entre todo esto, hay algo aún más importante que dejamos siempre en último lugar, y es a nosotros mismos.
La crianza consciente no se trata de dar toda nuestra energía en pro del niño o niña, el auto-cuidado es fundamental para cualquier madre y padre. Para poder estar presentes y atentos con nuestros hijos e hijas, debemos cuidar nuestro propio bienestar físico, emocional y mental y atender nuestras propias necesidades. Esto implica reservar tiempo (en la medida de lo posible) para descansar, hacer ejercicio y cultivar relaciones que nos aporten. Buscar apoyo cuando sea necesario también es fundamental para encontrar este equilibrio familiar.
En resumen, la crianza consciente es un enfoque holístico transformador que busca promover el bienestar integral de los niños. Al practicar estos principios en la vida cotidiana, podemos cultivar relaciones profundas y significativas con ellos, sentando las bases para un desarrollo saludable y feliz. Es un viaje desafiante pero gratificante que vale la pena emprender para el bienestar de toda la familia. Y es que, el mejor aprendizaje no tiene porque ser el que tú le das a tu peque, sino el que nos dan ellos a nosotros 😉
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